martes, 19 de octubre de 2010

Madurez.


Sonrió. Dio pasos calmados desplazándose a través de la acera. A su izquierda, un conjunto de álamos era iluminado por la luna, otorgando al paisaje un aire mágico, un ambiente pacífico y tranquilizador. Avanzó cerca de cinco metros y se detuvo al llegar a la esquina. Respiró sueños e ilusiones, imaginó mundos que en un abrir y cerrar de ojos alcanzaron su apogeo, parpadeó y todo quedo reducido a cenizas. Levantó la vista hacia el cielo, extendió su mano y dibujó trazos entre las estrellas, formo dibujos con los puntos brillantes que se distribuían al azar sobre la bóveda celeste, lejanos recuerdos, pequeñas memorias, nombres de viejos amores y finalmente un caramelo para endulzar la vida, todos ellos, fueron trazados hábilmente por sus dedos juguetones sobre el cielo.

Descendió de la cuneta y cruzó la calle. A los pocos pasos observó a un gato que sonreía, el sonrió en respuesta y lo bautizó con un largo y alocado nombre. Dio algunos pasos más y lloró. Imaginó que cada lágrima competía en una carrera y que la ganadora de esta nunca sería olvidada, pintó cada gota de sentimientos de manera colorida y puso numeración sobre el lomo de cada una de ellas. Uno, dos, tres, cuatro... cinco, seis... siete... ocho. Dejaron de correr. Galardonó a la vencedora guardándola en su memoria.

Llegó hasta una nueva intersección y recordó consejos que la sociedad le había otorgado; "ya estas grande", "debes madurar", "no estas en edad de tener amigos imaginarios", "ya no eres un niño". Apretó de manera brusca su puño derecho, luego lo abrió lentamente dejando a la vista una flor púrpura que creció sobre su palma. La flor entonaba una dulce canción. Cerró con suavidad su puño, volvió a abrirlo y en esta oportunidad surgió un reino de cristal con pequeños hombres de fuego y corazón de hielo que se movían agitados por su mano, los hombres terminaron derritiendo su corazón y fundiendo la ciudad de cristal, una gota cayó sobre su palma apagando a los hombres de fuego, nueve... una lágrima que no seria recordada, una competidora rezagada.

Abrió bien los ojos y se hizo la primera pregunta, se pregunto porque motivo las personas al crecer intentan olvidar lo que son, intentan sepultar lo que fueron, y acorazar lo que sienten. Se pregunto porque desean dejar de ser niños. Se escudan en que hay que madurar, pero para el madurar no era más que el saber actuar de manera sabia ante cada situación, poner en primer lugar al prójimo y en último lugar al yo. Mas para ello no era necesario dejar de lado sus sueños, no era necesario olvidar a sus amigos, olvidar su inocencia ni sus ilusiones, no era necesario cerrar una etapa y abrir otra. Sino mas bien vivir una sola y gran etapa de enseñanza y aprendizaje.

Sonrió, mas esta vez con nostalgia. Extendió un brazo y un sendero dorado apareció frente a su persona, articuló su otro brazo y un séquito de robles de sabia mirada se ubicó ordenadamente a ambos costados del sendero. Invitó a caminar a sus piernas dirigiendo suaves palabras de aliento a ellas, estas avanzaron agradecidas. A mitad de camino se detuvo y formulo su segunda pregunta, ¿acaso alguien algún día me entenderá?, ¿acaso alguien algún día entenderá mi forma de pensar? ¿querrá alguien realmente conocerme? Se agacho cansado y sin consuelo en medio del sendero, uno de los robles mas viejos se acerco a él y tomándolo del brazo lo levantó y le dijo -no te preocupes, acéptate, entrega, otorga y enseña, todo saldrá bien, nunca dejes de sonreír, nunca dejes de imaginar-. Se puso de pie nuevamente, dio las gracias y avanzó. Un humilde espejo de madera se encontraba al final del camino, se acerco con dudas hacia él, nunca le habían agradado los espejos. Avanzó unos pocos pasos y nada paso. El espejo no daba imagen alguna, finalmente lo tocó y un niño de unos ocho años apareció cual pintado al óleo, un solitario niño de ocho años. Lo miró con cuidado durante largas horas y se dijo ese soy yo. Hizo tronar sus dedos y todo desapareció. Dos palomas volaron sin rumbo. Dio algunos pocos pasos más y finalmente llego al lugar acordado a la hora acordada. Saludo alegremente a su amigo, habían pasado un sin numero de aventuras juntos, habían reído y llorado, era invisible, era mudo, pero era su amigo y por nada del mundo lo dejaría de lado.

sábado, 9 de octubre de 2010

Ojos tristes.


Era otoño, no cabía duda. Las hojas, con sus tonos grises y rojizos, parecían atraer con más fuerza hacia mi corazón toda la tristeza, toda la nostalgia del ambiente. Luego el viento, en su suave ulular, las llevaría bailando hasta donde no las vería.

En mi corazón, algo alborotado tal cual siempre, empezaba a florecer una pequeña semilla, un tallo diminuto entre la árida roca, entre la gredosa tierra. Corría tanto tiempo desde la última vez que algo había logrado florecer allí que ya casi olvidaba como se sentía. Un suave calor, una leve sensación que aprieta contra el pecho, un desahogo, un suspiro. Allí, siempre allí, creciendo lentamente.

Miré al cielo. Nada había sobre las nubes que pudiera explicar el porque de sentirme así, nada parecía darme la razón. No lograba entender como era que aquel árido campo podía aún dar algún tipo de fruto, no comprendía como algo podía empezar a crecer una vez más en medio de una terreno tan poco fértil. No lo sabía.

¿Será la estación acaso? no lo sé, no lo creo, logré responderme. Fue entonces cuando recordé:

"Los ojos miran sin ser enseñados, y el que fue herido por ellos en el corazón, sabe lo bien que lo hacen".*

Sí, sin duda, era eso. Sus ojos, algo en sus ojos. Pensé. Me respondí. Tristeza, una tristeza enorme, una gigantesca tristeza. Su tristeza es lo que me atrae. Hay algo en ella, su tristeza tiene perfume, un perfume especial.

Sonreí. Imaginé por un momento si sería posible que a alguien más le atrajera algo así en una persona, sonreí una vez más, seguramente no, me respondí. Sabía después de todo que aquella sería la respuesta. Era demasiado extraño, una de aquellas típicas cosas que tan sólo unos cuantos observamos en la vida.

Su lánguido pelo, sus ojos casi marchitos, sin embargo, de tanto en tanto, aquella sonrisa allí, sobre sus labios, donde debía estar. Era ello. No era más. Desconozco los caminos, ciego soy a los sentidos, sordo soy a los designios. Ante ti, mudo de amor.

Las hojas fueron y volaron junto a mi, extendí mi mano, casi las palpé.


*Chitra. Rabindranath Tagore.
04 de mayo del 2010.

Canción.


Abre tu puerta, que estoy esperando.

Ya hoy terminó su viaje, de la aurora a la sombra, la

barca de la luz,

y la estrella del anochecer se ha levantado.

¿Has cogido tus flores, has trenzado tu pelo,

te has puesto ya tu traje blanco para la noche?

Ya han vuelto los ganados a sus establos y los pájaros

a sus nidos,

y el laberinto de todas las sendas que van y vienen, se

ha hecho una senda en la sombra.

Abre tu puerta, que estoy esperando.

El rey del salón oscuro. Rabindranath Tagore.
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