jueves, 9 de diciembre de 2010

Verdad Eterna.


... es una muerte absoluta irse de la existencia sin haberse compenetrado con la Verdad Eterna de la vida.

Armonía.


Ya se han levantado los venados de su sueño en el patio, y entran corriendo por la selva. Uno de los niños ha llevado la vaca a un prado rico de tierna yerba buena. Ahora, sentado bajo un árbol, los rayos suaves del sol que caen a través de la red verde y fresca de las hojas y las ramas,le iluminan la cara, y él le canta al sol, con dulce voz baja, una canción.

El regalo al Gurú. Satish Chandra Roy.

Eterno.


Todo lo que es verdadero, permanece. En el jardín de Dios, la flor abre y se mustia, pero cuando se mustia no es que acaba; florece otra y otra vez. Las estaciones vienen, se van y vuelven, y en su sucesión esta la verdad. Así, todas las relaciones reales, las felicidades ciertas, son continuas, no pasajeras. En su sucesión no cesan verdaderamente.

Morada de Paz. Rabindranath Tagore.

Temor.


No merece el mundo
la pena de amar.
Meses y años
viví de promesas,
de promesas vanas.

¿Me recordará?
Yo sí la recuerdo.
Veo ante mí,
como una diadema,
su rostro y su cuerpo.

No quiero que siembres
la flor del olvido,
ni una semilla,
en tu corazón.
Tarde lo he sabido.

¿Qué voy a plantar
la flor del olvido?
Señal que sabes
que en ti tengo puestos
mis cinco sentidos.

Cuando a veces pienso
que tal vez me olvides,
mi corazón
siente más tristeza
que cuando te fuiste.

Por el alto cielo
las nubes se alejan
sin dejar rastro.
Por ti yo me siento
nube pasajera.

Cantares de Ise.

Fragante.


Yo estaba sentado con él, poco antes de morirse, y me dijo en bengalí, con voz débil y patética: "No se abrirá la flor". Le contesté bajo: "No tengas miedo, que la flor se abrirá".

Morada de Paz. Rabindranath Tagore.

Vida.


... un capullo es más lindo en la rama que en un florero de oro.

La mirada favorable. Rabindranath Tagore.

Agradecido.


Tú me has dado tanto ya, que, ahora, si lo que se debe a mi destino se ha acabado, no me quejaré.

Mashi. Rabindranath Tagore.

Velada.


Anoche, de amores,
noche sin dormir.
Hoy, de memorias,
recapacitando
la lluvia de abril.

Cantares de Ise.

Él.


Él es el reposo de mi vida,
la alegría de mi corazón,
la paz de mi espíritu.

Devendranath Tagore.

Observa.


... La noche quieta callaba ante la ventana, como un peregrino de la eternidad, y las estrellas miraban dentro, testigos, durante ignorados siglos, de innumerables escenas de muerte.

Mashi. Rabindranath Tagore.

martes, 19 de octubre de 2010

Madurez.


Sonrió. Dio pasos calmados desplazándose a través de la acera. A su izquierda, un conjunto de álamos era iluminado por la luna, otorgando al paisaje un aire mágico, un ambiente pacífico y tranquilizador. Avanzó cerca de cinco metros y se detuvo al llegar a la esquina. Respiró sueños e ilusiones, imaginó mundos que en un abrir y cerrar de ojos alcanzaron su apogeo, parpadeó y todo quedo reducido a cenizas. Levantó la vista hacia el cielo, extendió su mano y dibujó trazos entre las estrellas, formo dibujos con los puntos brillantes que se distribuían al azar sobre la bóveda celeste, lejanos recuerdos, pequeñas memorias, nombres de viejos amores y finalmente un caramelo para endulzar la vida, todos ellos, fueron trazados hábilmente por sus dedos juguetones sobre el cielo.

Descendió de la cuneta y cruzó la calle. A los pocos pasos observó a un gato que sonreía, el sonrió en respuesta y lo bautizó con un largo y alocado nombre. Dio algunos pasos más y lloró. Imaginó que cada lágrima competía en una carrera y que la ganadora de esta nunca sería olvidada, pintó cada gota de sentimientos de manera colorida y puso numeración sobre el lomo de cada una de ellas. Uno, dos, tres, cuatro... cinco, seis... siete... ocho. Dejaron de correr. Galardonó a la vencedora guardándola en su memoria.

Llegó hasta una nueva intersección y recordó consejos que la sociedad le había otorgado; "ya estas grande", "debes madurar", "no estas en edad de tener amigos imaginarios", "ya no eres un niño". Apretó de manera brusca su puño derecho, luego lo abrió lentamente dejando a la vista una flor púrpura que creció sobre su palma. La flor entonaba una dulce canción. Cerró con suavidad su puño, volvió a abrirlo y en esta oportunidad surgió un reino de cristal con pequeños hombres de fuego y corazón de hielo que se movían agitados por su mano, los hombres terminaron derritiendo su corazón y fundiendo la ciudad de cristal, una gota cayó sobre su palma apagando a los hombres de fuego, nueve... una lágrima que no seria recordada, una competidora rezagada.

Abrió bien los ojos y se hizo la primera pregunta, se pregunto porque motivo las personas al crecer intentan olvidar lo que son, intentan sepultar lo que fueron, y acorazar lo que sienten. Se pregunto porque desean dejar de ser niños. Se escudan en que hay que madurar, pero para el madurar no era más que el saber actuar de manera sabia ante cada situación, poner en primer lugar al prójimo y en último lugar al yo. Mas para ello no era necesario dejar de lado sus sueños, no era necesario olvidar a sus amigos, olvidar su inocencia ni sus ilusiones, no era necesario cerrar una etapa y abrir otra. Sino mas bien vivir una sola y gran etapa de enseñanza y aprendizaje.

Sonrió, mas esta vez con nostalgia. Extendió un brazo y un sendero dorado apareció frente a su persona, articuló su otro brazo y un séquito de robles de sabia mirada se ubicó ordenadamente a ambos costados del sendero. Invitó a caminar a sus piernas dirigiendo suaves palabras de aliento a ellas, estas avanzaron agradecidas. A mitad de camino se detuvo y formulo su segunda pregunta, ¿acaso alguien algún día me entenderá?, ¿acaso alguien algún día entenderá mi forma de pensar? ¿querrá alguien realmente conocerme? Se agacho cansado y sin consuelo en medio del sendero, uno de los robles mas viejos se acerco a él y tomándolo del brazo lo levantó y le dijo -no te preocupes, acéptate, entrega, otorga y enseña, todo saldrá bien, nunca dejes de sonreír, nunca dejes de imaginar-. Se puso de pie nuevamente, dio las gracias y avanzó. Un humilde espejo de madera se encontraba al final del camino, se acerco con dudas hacia él, nunca le habían agradado los espejos. Avanzó unos pocos pasos y nada paso. El espejo no daba imagen alguna, finalmente lo tocó y un niño de unos ocho años apareció cual pintado al óleo, un solitario niño de ocho años. Lo miró con cuidado durante largas horas y se dijo ese soy yo. Hizo tronar sus dedos y todo desapareció. Dos palomas volaron sin rumbo. Dio algunos pocos pasos más y finalmente llego al lugar acordado a la hora acordada. Saludo alegremente a su amigo, habían pasado un sin numero de aventuras juntos, habían reído y llorado, era invisible, era mudo, pero era su amigo y por nada del mundo lo dejaría de lado.

sábado, 9 de octubre de 2010

Ojos tristes.


Era otoño, no cabía duda. Las hojas, con sus tonos grises y rojizos, parecían atraer con más fuerza hacia mi corazón toda la tristeza, toda la nostalgia del ambiente. Luego el viento, en su suave ulular, las llevaría bailando hasta donde no las vería.

En mi corazón, algo alborotado tal cual siempre, empezaba a florecer una pequeña semilla, un tallo diminuto entre la árida roca, entre la gredosa tierra. Corría tanto tiempo desde la última vez que algo había logrado florecer allí que ya casi olvidaba como se sentía. Un suave calor, una leve sensación que aprieta contra el pecho, un desahogo, un suspiro. Allí, siempre allí, creciendo lentamente.

Miré al cielo. Nada había sobre las nubes que pudiera explicar el porque de sentirme así, nada parecía darme la razón. No lograba entender como era que aquel árido campo podía aún dar algún tipo de fruto, no comprendía como algo podía empezar a crecer una vez más en medio de una terreno tan poco fértil. No lo sabía.

¿Será la estación acaso? no lo sé, no lo creo, logré responderme. Fue entonces cuando recordé:

"Los ojos miran sin ser enseñados, y el que fue herido por ellos en el corazón, sabe lo bien que lo hacen".*

Sí, sin duda, era eso. Sus ojos, algo en sus ojos. Pensé. Me respondí. Tristeza, una tristeza enorme, una gigantesca tristeza. Su tristeza es lo que me atrae. Hay algo en ella, su tristeza tiene perfume, un perfume especial.

Sonreí. Imaginé por un momento si sería posible que a alguien más le atrajera algo así en una persona, sonreí una vez más, seguramente no, me respondí. Sabía después de todo que aquella sería la respuesta. Era demasiado extraño, una de aquellas típicas cosas que tan sólo unos cuantos observamos en la vida.

Su lánguido pelo, sus ojos casi marchitos, sin embargo, de tanto en tanto, aquella sonrisa allí, sobre sus labios, donde debía estar. Era ello. No era más. Desconozco los caminos, ciego soy a los sentidos, sordo soy a los designios. Ante ti, mudo de amor.

Las hojas fueron y volaron junto a mi, extendí mi mano, casi las palpé.


*Chitra. Rabindranath Tagore.
04 de mayo del 2010.

Canción.


Abre tu puerta, que estoy esperando.

Ya hoy terminó su viaje, de la aurora a la sombra, la

barca de la luz,

y la estrella del anochecer se ha levantado.

¿Has cogido tus flores, has trenzado tu pelo,

te has puesto ya tu traje blanco para la noche?

Ya han vuelto los ganados a sus establos y los pájaros

a sus nidos,

y el laberinto de todas las sendas que van y vienen, se

ha hecho una senda en la sombra.

Abre tu puerta, que estoy esperando.

El rey del salón oscuro. Rabindranath Tagore.

sábado, 11 de septiembre de 2010

¿Dónde?


EL padre volvió del funeral.

El niño estaba de pie en la ventana, con los ojos muy abiertos, y su amuleto dorado colgando de su cuello. Su frente le pesaba de pensamientos demasiado difíciles para sus siete años.

El padre lo cojió en sus brazos y el niño le preguntó: "¿Dónde está madre?"

"En el cielo", contestó el padre señalando arriba.


Aquella noche, el padre se quejaba en sueños, rendido por la pena.

Una lámpara ardía débilmente junto a la puerta de la alcoba, y una lagartija perseguía las moscas por la pared.

El niño despertó, tocó con sus manos la cama vacía, se levantó callado y se salió a la azotea. Levantó los ojos al cielo y lo miró y lo miró en silencio. Su confuso imajinar hundía en la noche inmensa esta pregunta: "¿Dónde está el cielo?"

No le respondieron. Y las estrellas parecían las lágrimas ardientes de la ignorante oscuridad.

La fujitiva. Rabindranath Tagore.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Perfume.


Las flores, ya marchitas, caen y son llevadas por el viento del otoño; pero el perfume de las flores... ¿Adónde va el perfume de las flores?

Li- Tchang-Yin (Siglo VIII).

Estaba aquí pensando.


Estaba aquí pensando que, si alguna vez nos encontramos por la luz de un lejano mundo, en un venidero nacimiento, me detendré sobresaltado ante ti.

Esos ojos oscuros tuyos, los veré como estrellas de la mañana, y, sin embargo, sentiré que fueron de un olvidado cielo de anochecer, en una vida anterior.

Sabré que el encanto de tu cara, entonces, no será todo suyo; que robó la luz apasionada de mis ojos en algún encuentro inmemorial, y cobró de mi amor un misterio que habrá olvidado su orijen.

La fujitiva. Rabindranath Tagore.

¿Dónde?


Siento en mi corazón que los cortos días de tu amor no se han quedado perdidos en aquellos breves años de tu vida.

Y me pongo a buscar el sitio en donde, lejos del lento robo del polvo, los guardas ahora; y encuentro en mi soledad algún cantar de tus anocheceres, que murió dejando, sin embargo, un eco inmortal; y los suspiros de tus horas defraudadas los hallo anidados en la cálida quietud del mediodía de otoño.

Tus anhelos vienen de la colmena del pasado a rondar mi corazón, y yo me siento silencioso a escuchar sus alas.

La fujitiva. Rabindranath Tagore.

sábado, 14 de agosto de 2010

¿Quién es está mujer?


¿Quién es esta mujer que vive en mi corazón, la siempre triste? La pretendí pero no la gané.

La adorné con guirnaldas y canté en su alabanza... Brilló un momento una sonrisa por su cara, pero al punto se desvaneció.

Y me dijo, llena de pena: "No está mi alegría en ti".


Le compré ajorcas enjoyadas; la abaniqué con abanicos recamados de diamantes, la acosté en una cama de oro... Aletearon sus ojos con un relámpago de alegría, pero al punto se apagaron.

Y me dijo, llena de pena: "No está en estas cosas mi alegría".

La senté en un carro de triunfo, y la paseé por toda la tierra. Miles de corazones conquistados se humillaron a sus pies, y las aclamaciones resonaron por el cielo... Un momento lució el orgullo en sus ojos, pero se deshizo en lágrimas.

Y me dijo, llena de pena: "No está mi alegría en la victoria".


Le pregunté: "¿Qué quieres, entonces?" Y me dijo: "Espero a uno que no sé como se llama". Y calló.

Y los días se le pasan diciendo, llena de pena: "¿Cuándo vendrá mi amado desconocido? ¿Cuándo lo conoceré para siempre?"


La Cosecha. Rabindranath Tagore.

¡Ya no podré pagarle!


¡Ya no podré pagarle a ella todo lo que me dio! ¡Su noche tiene ya mañana, y Tú te la llevas en tus brazos! ¡Toma Tú este agradecimiento y estos regalos que traía para ella!

¡Perdón por todo lo que pudo dañarla y ofenderla en mí! ¡Coje, y hazlas tus esclavas, estas flores de mi amor, que no florecieron cuando ella esperaba que floreciesen!

La Cosecha. Rabindranath Tagore.

El día que nos separa.


El día, que nos separa, nos saluda a los dos por última vez, y se va: y la noche se echa el velo por su rostro, y guarda la única lámpara que arde en mi alcoba.

Tu esclava oscura viene, y tiende callada la alfombra nupcial: y tú te sientas sola conmigo, en silencio, hasta que muere la noche.

La cosecha. Rabindranath Tagore.

En el relámpago.


En el relámpago de un instante, he visto en mi vida la inmensidad de tu creación; de tu creación entre mil ruinas, de mundo a mundo.

¡Qué llanto de indignidad cuando miro mi vida en manos de las horas locas! Pero cuando la veo en tus manos, comprendo que es demasiado preciosa para ser malgastada en la sombra.

La Cosecha. Rabindranath Tagore.

Mi lecho ha sido.


Mi lecho ha sido la pesadumbre, y los ojos se me caen. Y me pesa el corazón, sin ganas todavía de salir a la atropellada alegría de la mañana.

¡Corre un velo sobre esta luz desnuda; llama a ti este agrio resplandor y esta vida danzadora! ¡Y que la tierna sombra de tu manto me ampare, y guarde mi dolor del golpe del mundo!

La Cosecha. Rabindranath Tagore.

Me dijo la Nube.


Me dijo la Nube: "Me voy". La Noche: "Yo me echo en la hoguera de la aurora". El Dolor me dijo: "Yo me quedo, como la huella de su pie callado".

"Yo me muero llena", me dijo mi Vida.

La Tierra me dijo: "Mis luces te besan, en todo, tus pensamientos". "Pasan los días", me dijo el Amor, "pero yo te espero".

Me dijo la Muerte: "Yo voy remando en tu bote, por el mar".

La Cosecha. Rabindranath Tagore.

La Tierra Permanece.


Y tuya será la gloria, pues en el amor de la vida tu rostro brilla de tal modo que borra las tinieblas, y el miedo de la muerte. Eres Demeter, Hertha, Isis; Cibeles de los Leones, y la madre Montaña. De tus hijos nacerán las tribus, y de tus nietos las naciones. Tu nombre es la Madre, y serás bendita.

Habrá otra vez cantos y risas. Los adolescentes se pasearán por las praderas; los jóvenes saltarán los arroyos. Los hijos de tus hijos serán tan numerosos como los retoños de los pinos en la falda de la montaña. Serás bendita, pues en las horas oscuras tu rostro estará vuelto hacia la luz.

La Tierra Permanece. George R. Stewart. (1949)

sábado, 7 de agosto de 2010

Colores.


Un viento suave, y circular acarició los contornos de sus vestidos, estos danzaron sin timidez aparente alrededor de su cintura. Ella sonreía. Hace mucho que no caminaba bajo una tarde soleada. Hace mucho ya que no reía bajo el sol.

-¿Qué te sucede? ¿Por qué sonríes?

-¿Acaso debe existir algún motivo para que lo haga? Sólo mira a tu alrededor. El viento sopla pronunciando sus consejos a un mundo donde solamente las sabias hojas de los arboles suelen oír, el sol brilla dando seguridad a los diminutos seres para salir de sus madrigueras y alimentarse, además, estas tú. Tú estas a mi lado, tal cual siempre quise y soñé. ¿Acaso existe algo más importante? ¿No te parece suficiente para sonreír?

-Sí, tienes razón -el sol dejo caer un rayo de luz verde sobre su rostro dando énfasis especial a un par de misteriosos ojos negros- es suficiente para sonreír, más que suficiente.

-Así es ¿pero sabes? hay algo que siempre me ha inquietado.

-¿De qué se trata?

-¿Por qué motivo nuestro sol es verde y nuestro cielo anaranjado? -Un destello verde de luz arropó con cuidado la figura de una flor triangular que cantaba sobre el suelo-.

-¿Es que no lo recuerdas? Hace cinco años los científicos descubrieron que la tonalidad, tanto del sol como del cielo, eran las causantes del extraño comportamiento de la humanidad. Aquel cielo azul era el que producía las mentiras en el cerebro de los seres humanos, aquel cielo era el causante de las promesas de amor a la ligera, las peleas, el engaño, la ira y la brutalidad. Mientras que aquel amarillo sol provocaba miedos y prejuicios en nuestros corazones, temor al futuro, a ser sinceros y a lo desconocido, temor a ser llamados locos o extraños, temor a amar y a decepcionar, al igual que ese enorme temor a que nos decepcionen.

-Afortunadamente con estos colores ya no sentimos eso. No obstante, hay momentos en los que aún me siento algo triste.

-No te alarmes, nuestros científicos se encuentran trabajando para solucionarlo, para que olvidemos pronto todo eso.

-Me gustaría que descubrieran pronto un nuevo color para el cielo. Un color que me haga olvidar la nostalgia por el sol amarillo y el cielo azul.

martes, 27 de julio de 2010

El signo.



No hables a todos de las cosas bellas y esenciales.

No arrojes margaritas a los cerdos.

Desciende al nivel de tu interlocutor, para no humillarle o desorientarle.

Sé frívolo con los frívolos...; pero de vez en cuando, como sin querer, como sin pensarlo, deja caer en su copa, sobre la espuma de su frivolidad, el pétalo de rosa del Ensueño.

Si no reparan en él, recógelo y vete de su lado, sonriente siempre: es que para ellos aun no llega la hora.

Mas, si alguien coge el pétalo, como a hurtadillas, y lo acaricia, y aspira su blando aroma, hazle en seguida un discreto signo de inteligencia...

Llévale después aparte; muéstrale alguna o algunas de las flores milagrosas de tu jardín; háblale de la Divinidad invisible que nos rodea..., y dale la palabra del conjuro, el ¡Sésamo ábrete! de la verdadera Libertad.

Plenitud. Amado Nervo.

"Aquí estoy"



¿Por qué aguardas con impaciencia todas las cosas?

Si son inútiles para tu vida, inútil es también aguardarlas.

Si son necesarias, ellas vendrán y vendrán a tiempo.

¿Crees tú que el Destino se equivoca?

¿Piensas que el manzano dará una manzana menos de las que debe dar en la estación?

¿Imaginas que va a olvidar el rosal alguna rosa?

La espuela de tu deseo sería como el afán de esos industriales que maduran la fruta a destiempo, para más pronto enviarla a mercados.

Sería como el ansia del niño que bebe la limonada antes de que acabe de disolverse el azúcar.

"Yo no puedo vivir sin esto", dices.

Di más bien: "No puedo vivir con este deseo".

Si escondes tu ansiedad en lo hondo de tu corazón y sólo dejas que asome una quieta, dulce y suspiradora esperanza, más pronto de lo que imaginas lo soñado llegará sonriendo y te dirá: "Aquí estoy".

Plenitud. Amado Nervo.

miércoles, 21 de julio de 2010

Soy Guadaña.


Aunque las verdades más grandes hubieran quedado ocultas bajo mi pecho, y las palabras más sabias mis labios hubieran pronunciado. Aun si mi boca hubiera blasfemado un número mayor de veces contra el cielo, nada hubiera cambiado. La muerte llega, el infierno con ella, o quizá el descanso, quién sabe. El cielo no existe.

Mi vida transcurrió entre dolores y angustias casi indescifrables para aquellos que han tenido la suerte de probar aunque fuere una vez sobre sus labios al amor. La suerte no corre para los que hemos crecido con el corazón bajo cero, y el pecho abierto, esperando que el sol regale uno de sus rayos sobre nuestras almas. Las esperanzas terminan por morir, tarde o temprano, lo peor es que cuando ellas mueren nada queda. Es cierto, la esperanza es lo último que se pierde, pero una vez que la esperanza se pierde.... la vida misma, se vuelve un banquete para los demonios, para mis demonios.

No intento justificar mis actos, para hacer lo que hice no hay justificación, sin embargo, para la vida que lleve tampoco la hay. Por las tardes, durante muchos meses, me dedique a observar las costumbres de los menos. Se movían sonrientes, de la mano, batían sus risas contra el sol, sus voces como cánticos se elevaban, como cánticos de alabanza a ese creador que me había olvidado. Durante toda mi vida sentí celos de ellos, durante décadas intente aplacar lo que sentía, silenciarlo hasta que sólo fuera un leve murmullo junto a mis oídos, pero ya sin las barreras que me proporcionaba la esperanza pude finalmente ser yo mismo. El odio, los celos, la envidia fuéronme consumiendo poco a poco hasta transformarme en lo que hoy soy, el sirviente de la guadaña. Yo, a diferencia de otros, realmente no discriminé nunca. Libré del suplicio de la vida tanto a aquellos malditos que reían, como a los infelices que lloraban. Jamás discriminé. Maté a diestra y siniestra sin distinción de edad, de sexo, de posición social. Sólo maté, descuarticé, y cuando lo deseaba violé a destajo para luego asesinar con un ímpetu aún mayor al no encontrar lo que necesitaba en esos cuerpos vivos, pero fríos por el espanto.

Fui el dominio, el dominante. La balanza estaba en mis manos, pesaba los corazones. Observaba hacia todas las direcciones y elegía a quién libraría y de que forma lo haría. Luego los seguía por semanas, meses incluso, en otras ocasiones sólo los asesinaba de un golpe directo al verlos por vez primera, me daba igual, la vida y la muerte estaban en mí, de una vez por todas, finalmente, me sentí importante.

Recuerdo hoy las voces de los mutilados, mi forma de muerte predilecta. Cuando veía que aparentaban ser felices más gozaba asesinándolos, gozaba especialmente al asesinar a los que manifestaban creer en algo, los abofeteaba y laceraba hasta que renegaban acerca de todo y me suplicaban de rodillas si ya no había amputado de cuajo sus piernas. Los odiaba. En la vida parecían tener seguridad, más seguridad que yo, pero ahora ante las puertas de la muerte, eran tan desdichados como lo fui durante tanto tiempo, solo al abrigo de mis vagas esperanzas.

Pero bueno, dicen que nada es para siempre y aunque durante mucho no lo creí, finalmente lo acepte. Una mañana mientras abría mi nevera para deleitarme con una cabeza fresca que guarde como souvenir de mi noche anterior oí la voz, me llamaba, me apuntaba, me decía: "Es tu turno, es tu turno, ven conmigo". Salí a la calle ignorándola, oí música estridente, elegí mis víctimas obsequiándoles unos dulces, amigablemente, con una sonrisa entre mis labios. Ilusos pensé, mientras observaba como los comían con sus rollizas manos ¿acaso sus madres nunca les enseñaron a no aceptar cosas de extraños? No obstante mi jornada de deleite y trabajo, la voz seguía allí, retumbando sobre mi ser, machacando mi mente y mis sentidos, suplicándome que fuera el próximo. Aquella noche no pude dormir.

Finalmente comprendí. Aquel que habíame dado aquel poder no era Dios que siempre me había ignorado, sino, más bien, Satanás, que siempre contempló con ojos de amor mi vida. Ahora él, el mismo que me había favorecido, respondía sonriente a la suplica de otro como yo, diciéndome tiernamente que mi turno concluía, que el juego acababa, que nuestras almas serían una por la eternidad. Mi alma era ahora su alma. Mi alma, ahora, suya era.

Aquella voz que resonaba en mi no era más que la mezcla de su orden, en comunión con el ruego de otro desdichado, otro desdichado que debía tomar mi lugar, otro infeliz que había vendido su alma y que tomaría finalmente mi puesto. Ahora era su turno de probar el néctar del poder en sus labios, el candor de la muerte en su corazón, el placer máximo de observar con sus propios ojos y palpar con sus propias manos el momento en que el alma se fuga de la carne. Él sería el nuevo favorecido. Seleccionado al igual que yo por sus dolores, por su falta de respuestas por parte del Altísimo, y al igual que yo, cuando en la cúspide se encontrará y comenzará a gustar realmente de su oficio, otro vendría a arrebatar su lugar tal cual yo lo hice con aquel que me precedía. No obstante, aún no muero, y por ende, aún soy el emisario, el siervo, la guadaña, y como tal, paradójicamente, el emisario mismo debe asesinar al emisario. Debo suicidarme, porque la vida y la muerte están en mis manos, en las de nadie... en las de nadie más.

Un silencio aterrador cubrió todo mi hogar. Vi como mis sombras interiores huían de mi cuerpo para residir en otro tal cual las ratas que abandonan el barco que se hunde. Como última acción pronuncié mis últimos pensamientos, expresé el único rencor que mi alma guardaba:

¿Por qué jamás me oíste?

¡¿Por qué apartaste tus ojos de mí permitiendo que vendiera mi alma?!

¡¡¿Por qué permitiste que me convirtiera en esto?!!

¡¡¿¿Por qué...??!!

¡¡¡Me aborrezco!!!

lunes, 12 de julio de 2010

Como el Humo.


Un insecto susurrante sobrevoló cercano a la luz de la sala, revoloteó dos veces y se acercó hacia la ventana. La ventana se encontraba abierta. El insecto se alejó perdiéndose entre la nada. Carla tendida y absorta sobre el sillón de la sala observó la escena, suspiro relajada y encendió un cigarro. Aspiró una pregunta, exhaló una bocanada de blanco humo como respuesta, una clara reflexión, un nítido recuerdo. Como cada tarde luego de una extenuante jornada de trabajo, se encontraba fumando en la sala, dibujando formas con el humo, generando poemas aéreos con el tabaco, trazando líneas en el aire, charlando apacible en compañía de su único vicio. Carla fumaba con su ventana abierta. En verano los mosquitos entraban y salían sin tregua alguna, trayendo sobre sus diminutos cuerpos fracciones de historias, olores familiares, palabras de gente distante y desconocida. En invierno era la lluvia la que cumplía estas funciones, gotas cristalinas se transformaban en mensajeras de lo lejano. Carla siempre fumaba con su ventana abierta.

Carla llevaba cerca de cinco años siguiendo esta rutina al pie de la letra, muchos hubieran dicho que su vida era realmente tediosa, una existencia carente de sentido. Para ella esta vida era agradable, sencilla, pacífica, perfecta. Mientras su cigarro se consumía, sus penas se consumían con él. El primer cigarro de la noche convertía sus penas en cenizas, el segundo la ponía en estado de alerta, de allí en adelante todo era oír y sentir. El humo que expulsaba de su boca se volvía una parte nueva de su cuerpo, una extensión de sus fauces, una nube difusa que no se encontraba atada a espacios concretos, podía viajar hasta lugares normalmente inalcanzables para su mano, demasiado distantes para sus pies, podía oler el aroma que transportaban los mosquitos sobre sus lomos, ingresar en lugares prohibidos, ver esta noche bajo la luz de la luna a trescientos cuarenta kilómetros de distancia, saborear un mango en el trópico la semana entrante. Este nuevo miembro era el único realmente libre y perfecto, no se encontraba sujeto a un trabajo incesante como el corazón o cerebro, ni a una vida de ocio como su mandíbula superior o las uñas de sus dedos, podía ser tan activo o perezoso como quisiera, era libre, totalmente libre. Carla pensó profundamente en esto y como cada noche una, tan sólo una lágrima corrió por su mejilla.

Aquella noche entre sus labios Carla casi dejo escapar un secreto, su gran secreto. Nunca le había agradado fumar. Ella tan sólo añoraba observar el humo y sus movimientos, tan sólo lo hacía para observar al humo libre revolotear por la sala. Ella siempre había deseado ser libre, libre del trabajo que odiaba, libre para dejarlo todo y viajar, libre de un cuerpo que se marchita, libre de la gente, libre del mundo... Libre como el humo de sus cigarrillos, cada tarde, cada noche durante los últimos cinco años.


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