sábado, 26 de marzo de 2011



Sí, era yo.


Ella vino a mi encuentro, encendidas sus mejillas y resplandeciente el rostro.
-¿Me aguardaba usted? -preguntó ella-. He temido que usted hubiese de esperar demasiado rato.
Yo no había tenido que aguardarla; ella se había puesto en camino antes que yo saliese.
-¿Ha dormido usted bien? -le dije, sin saber qué decirla a ciencia cierta.
-No he podido conciliar el sueño -respondió-. He permanecido constantemente desvelada-. Y ella me contó que había permanecido toda la noche con los ojos entornados sentada en una silla. También había salido un rato afuera.
-Esta noche ha merodeado alguien en torno de mi cabaña -le dije-. Al amanecer descubrí huellas de pisadas en el cesped.
Ella se sonrojó a la par que se apoderaba de mi mano en pleno camino, en actitud recogida. Miréla yo y le pregunté:
-¿Ha sido usted tal vez?
-Sí -respondió ella, acercándose más, rozándome el cuerpo-. Era yo, que me acerqué calladito para no interrumpir su sueño. Era yo que quería estar próxima a usted, porque le amo.

Knut Hamsun. Pan.

Sombras.


No ignoraba que el monstruo
de cierto vendría a luchar en la sala
tan pronto la luz se ocultase a los hombres,
cuando negras tinieblas la noche trajera
y en rápido avance las lúgubres sombras
cubriesen el mundo.

Beowulf.

Horas.


-¿Qué hora es? -preguntó ella.
Miré al sol y respondí:
-Alrededor de las cinco.
Ella inquirió:
-¿Se entera usted de la hora, sin equivocarse, consultando el sol?
-Sin titubear -respondí.
Silencio.
-¿Cómo puede usted saber la hora cuando no se el sol?
-En tal caso consulto otras manifestaciones de los elementos. Observo el flujo y reflujo de las aguas en el mar, examino la posición de la hierba, que se humilla a determinadas horas, y averiguo con el oído las mutaciones en los trinos de los pájaros, múltiples e infinitos; determinados pájaros empiezan a cantar cuando otros enmudecen. También reconozco la hora en el aspecto de las flores, que se cierran al atardecer, y en el follaje, ora glauco ora verdinegro, de la arboleda; además percibo las horas en mi propio espíritu.

Knut Hamsum. Pan.

Estío.


Noches estivales, reposo en las aguas y paz infinita en los bosques. No resuena ningún grito en el espacio, ni rumor de pisadas en los senderos; siento henchírseme el corazón como inundado de zumo espeso de viña negra.
Por mi ventana se adentran revoloteando bandadas raudas de polillas, atraídas por la flama que relampaguea en el hogar y por el olorcillo cautivador que exhala mi pájaro asado. La bandada intrusa rebota sordamente contra el techo, zumba al rozar mis oídos, produciéndome una ligera sensación de escalofrío y se posan las polillas sobre mi cuerno de pólvora que pende de la pared. Comtemplo la banda de polillas, arañuelas y tejedoras, que se agitan temblorosas en su refugio, y descubro que muchas de entre ellas semejan pensamientos volanderos.
Salgo al exterior de mi cabaña con el oído avizor. Nada, ningún rumor turba el silencio, todo duerme. En el aire vibra el zumbido monótono de miriadas de insectos cuya revoloteadora nube reverbera sobra la ingente superficie. La linde del bosque está bordeada por acónitos y helecho. El brezo aparece florido y yo amo sus florecillas. Gracias sean dadas al Creador por cada brote que he descubierto en el brezo, como su fueran minúsculas rosas que ornan mi sendero, provocando en mis ojos lágrimas de amor. En la cercanía viven claveles salvajes, que no veo, pero percibo su aroma en mi olfato.

Knut Hamsun. Pan.

sábado, 5 de marzo de 2011

Me gustaría...


Las gentes estaban allí, apresadas frente a sus pantallas, con sus miradas muertas viviendo a concho todo lo que las imágenes exhibían. Una sombra silenciosa caminaba en las afueras, entre la noche solitaria y silenciosa, una figura libre de aquellos aparatos.

-Hoy, no hay luna - dijo a mediana voz, mientras con nostalgia observaba al cielo.

Había noches en que caminaba kilómetros, otros sólo daba pequeños rodeos por aquí y por allí intentando poner sus pensamientos en su lugar, intentando encontrar una causa verdadera a su exilio voluntario de la sociedad y sus leyes, intentando sacudirse aquella soledad que desde niño lo había perseguido de un lado a otro.

Siempre, pensó, siempre ha sido así.

-Por momentos me pregunto por qué a mi, por momentos me pregunto cómo he logrado sobrevivir hasta hoy en día. Siempre ha sido uno u otro motivo el que me ha aislado, un pensamiento u otro el que me ha apartado de la gente. Una costumbre, una convicción, una forma de ver la vida, de sentir la existencia. Una visión del amor o de la amistad, pero todo siempre en sintonía ajena a la del resto.

Continuó caminando en silencio, dirigiendo su mirada a todas las cosas, empapando cuanto veía, siendo él, nadie más.

-Me gustaría estar caminando en una noche fría, con aquel acostumbrado nudo en el pecho, y de repente allí, frente a mí, en la misma calzada que apareciera. Simple, sencilla, llena de vida, llena de alegría pero también de muchos dolores y largas jornadas de soledad. Nos detendríamos y al mirarnos a los ojos, una voz en nuestro interior nos susurraría " allí esta, no sigas buscando". Sin necesidad de presentaciones comenzaríamos a hablar como si nos conociéramos de toda la vida.

Aunque no lo admitiera públicamente, siempre recorría las calles con un secreto motivo en su interior, con un oculto propósito. Siempre caminaba en busca de algo...

Nuestra estatura.


-Veo, sé -dijo una vez- que Dios, de algún modo, es amor, y sabiduría, y acción creadora. Sí, y belleza. Pero no sé, sin embargo, quién es Dios, si el hacedor del mundo, o el aroma que exhalan todas las cosas, o, simplemente, un anhelado sueño. Y nadie lo sabe, me parece; ni usted ni yo, ni nadie de nuestra humilde estatura.

Olaf Stapledon. Sirio.

Canción.


Retirado al este, en la tarde de mis años, vivo dichoso, borrando las huellas de la ciudad y de la corte. Dentro de un círculo de montañas imponentes, he escogido para pescar un verde estanque.

Vendo mis pecados y compro vino. Ebrio de cuerpo, de espíritu sobrio, ahuyento mis zozobras al son de mi flauta. Vivo más allá de las nubes, sólo las gaviotas de la ribera las conocen.

Lu Yu. Canción del dichoso acontecimiento próximo. Poetas Chinos.

Canto XIX.


Si no me hablas, recogeré tu silencio y llenaré con él mi corazón. Esperaré confiado, la cabeza inclinada, hermanándome con la noche en su vigilia estrellada.

Con certeza llegará la mañana: Se desvanecerán las tinieblas y tu voz se esparcerá por el cielo en rumorosos ríos de oro.

Tus palabras, entonces, ascenderán en canciones de cada uno de mis nidos de pájaros, y tus melodías estallarán en flor y coronarán todas mis arboledas.

Rabindranath Tagore. Gitanjali.

Superficie.


-Elisabeth -preguntaba de pronto-, ¿por qué estás triste?

-Pero, Sirio, no estoy triste -respondía Elisabeth, riendo-. Al contrario, estoy contenta. El pan se ha horneado bien.

-Estás triste, adentro -insistía Sirio-. Lo oigo perfectamente. Estás contenta sólo en la superficie.

Olaf Stapledon. Sirio.

Para qué.


Pero no estaba hecho para eso. ¿Para qué estaba hecho? ¿Estaba hecho para algo? Recordó su desolada impresión, en los páramos cubiertos de nieve: el mundo no era más que un accidente sin sentido. Ahora, quién sabe por qué, no podía creerlo. Sin embargo, el sabio Thomas decía que nadie era para nada, que simplemente era. Pues bien, ¿qué podría ser una criatura singular como él, un puro fenómeno? ¿Cómo podría descubrir la paz de la mente, y el espíritu?

Olaf Stapledon. Sirio.

Funerales.


La alegría del momento al parecer fue olvidada. El viento sopló cargando sobre sus espaldas un millar de alegres risas, cientos de carcajadas espontáneas, un sin fin de alegres momentos. La multitud silenciosa se dispersó en todas direcciones buscando secretamente aquello que la brisa cargaba. La gente se dispersaba, realmente casi sin destino.

-Creo que...- la voz se detuvo, extinguiéndose entre las luces nocturnas.

La luna bañaba con la luz adecuada, todo en derredor. La luna empapaba incluso al silencio. La voz luego de impregnarse con la escena decidió continuar.

-Creo que hace mucho no reía tanto. Desde hace mucho no me sentía realmente feliz.

-Opino lo mismo. - Un par de azules ojos parecieron haber articulado la respuesta, una sonrisa se esbozó bajo ellos - Fue una agradable jornada.

Ambos, silenciosamente, parecieron recordar las últimas horas. Una pequeña sonrisa de agrado fue esbozada sobre sus rostros, sobre ambos.

-¿Quién será el próximo en morir? - La voz se movía bajo la luna coquetamente- No puedo esperar hasta el siguiente funeral.

-La verdad es que no sé. Podría ser tu tío, Tobías, aquel manco gruñón- Sonrío oculto bajo las sombras- No me molestaría darle una "mano" a la muerte.

Ambos estallaron en una carcajada cómplice, dibujando en sus mentes una cruel muerte, por un momento sus pupilas se tiñeron de rojo.

-Y...- Se detuvo un momento, imaginando- ¿Si concertáramos realmente nuestro próximo festín risorio?

Callaron como si aquellas palabras no hubieran sido pronunciadas, como si no hubieran despertado la sed de sangre que todos llevamos dentro.

Soledad.


El perfume se disipó y se apagó la lampará; salgo de mi ensueño. Una leve melancolía se mezcla al resto de mi embriaguez. En la larga noche, ¿quién comparte mi soledad?: El canto de los insectos y el claro de luna.

Hsin Ch'i Chi. Poetas Chinos.

Olvidar.


-Ya es hora de olvidar todo eso. El pasado ha muerto.
-No puedo remediarlo... Sigo recordando.

Ben Ames Williams. Que el cielo la juzgue.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Everybody.


Everybody shares everything.

He olvidado.


Franz. -Yo he olvidado todo, hasta los gritos. Estoy vacío.

Jean-Paul Sartre. Los secuestrados de Altona.

Usted.


Franz. -¿Usted sí me quiere? ¿Usted quiere al carnicero de smolenscko?

Jean-Paul Sartre. Los secuestrados de Altona.

martes, 1 de marzo de 2011

Escapa.


Huye. Esconde tus miedos.

Ud.


-¿En qué piensa usted?

Dulce.


... entonces, poco a poco, empezó a sonreír y endulzó su mirada.

Lo Hua Sen. Después del crepúsculo. Cuentistas de la nueva China.

Ven.


... ¿por qué hablas sola en lugar de venir a ayudarme a juntar maravillas?

Lo Hua Sen. Después del crepúsculo. Cuentistas de la nueva China.

Libros.


"No soy yo quien se entristece -dice Tang pi pa- sino mi propio corazón quien vive tristemente."

No tenía una sola amiga. Sólo los libros le acompañaban. Pero su pesimo preceptor no le enseñaba más que literatura clásica. Era así como se había habituado a apiadarse, como los antiguos, del destino del mundo.

Señorita Ping Sing. Tedio. Cuentistas de la nueva China.

Intentos.


-No creo en eso. Cada uno trata de exhibir su talento, y eso es todo. No vale la pena. Si todo el mundo se quedara tranquilo no habría tanta desdicha en el mundo. Yo misma, lo confieso, no soy más que una presuntuosa cualquiera.

Señorita Ping Sing. Tedio. Cuentistas de la nueva China.

Fases.


Quizá No te acuerdes más de su forma. Pero debes saber que para conocer íntimamente a una persona, hay que profundizar más allá de su forma, que al fin de cuentas es sólo una apariencia momentánea. El árbol florece en primavera, fructifica en verano, amarillea y se deshoja en otoño, se entumece en invierno. El árbol es el conjunto de de todas esas fases sucesivas. El ser inconsciente cambia lentamente, el consciente se modifica con rapidez. También veo cómo en la tumba el cuerpo de vuestra madre se transforma: se vuelve más grande, más resistente que yo, eso es todo.

Lo Hua Sen. Después del crepúsculo. Cuentistas de la nueva China.

Se perdían.


... y las diversas conversaciones tristes o alegres, se perdían en el ronco rumor del oleaje.

J. B. Kin Yn Yu. Un divorcio. Cuentistas de la nueva China.

Paisaje.


El sol, enajenado en el momento de ocultarse, lanzaba sus flechas luminosas, y el otoño languidecía invadiendo toda la montaña. De lejos, llegaba el rumor de la marea. Al regresar a sus nidos, los pájaros se confundían con las hojas que caían del bosque.

Lo Hua Sen. Después del crepúsculo. Cuentistas de la nueva China.

All of us.


Estamos solos aqui. No hay nadie a quien conozcamos.

Mao Teng. Las ilusiones. Cuentistas de la nueva China.

Allí.


... todo se iba perdiendo en la lejanía, en el tono rojo apagado del sol poniente.

J. B. Kin Yn Yu. Un divorcio. Cuentistas de la nueva China.
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