martes, 27 de julio de 2010

El signo.



No hables a todos de las cosas bellas y esenciales.

No arrojes margaritas a los cerdos.

Desciende al nivel de tu interlocutor, para no humillarle o desorientarle.

Sé frívolo con los frívolos...; pero de vez en cuando, como sin querer, como sin pensarlo, deja caer en su copa, sobre la espuma de su frivolidad, el pétalo de rosa del Ensueño.

Si no reparan en él, recógelo y vete de su lado, sonriente siempre: es que para ellos aun no llega la hora.

Mas, si alguien coge el pétalo, como a hurtadillas, y lo acaricia, y aspira su blando aroma, hazle en seguida un discreto signo de inteligencia...

Llévale después aparte; muéstrale alguna o algunas de las flores milagrosas de tu jardín; háblale de la Divinidad invisible que nos rodea..., y dale la palabra del conjuro, el ¡Sésamo ábrete! de la verdadera Libertad.

Plenitud. Amado Nervo.

"Aquí estoy"



¿Por qué aguardas con impaciencia todas las cosas?

Si son inútiles para tu vida, inútil es también aguardarlas.

Si son necesarias, ellas vendrán y vendrán a tiempo.

¿Crees tú que el Destino se equivoca?

¿Piensas que el manzano dará una manzana menos de las que debe dar en la estación?

¿Imaginas que va a olvidar el rosal alguna rosa?

La espuela de tu deseo sería como el afán de esos industriales que maduran la fruta a destiempo, para más pronto enviarla a mercados.

Sería como el ansia del niño que bebe la limonada antes de que acabe de disolverse el azúcar.

"Yo no puedo vivir sin esto", dices.

Di más bien: "No puedo vivir con este deseo".

Si escondes tu ansiedad en lo hondo de tu corazón y sólo dejas que asome una quieta, dulce y suspiradora esperanza, más pronto de lo que imaginas lo soñado llegará sonriendo y te dirá: "Aquí estoy".

Plenitud. Amado Nervo.

miércoles, 21 de julio de 2010

Soy Guadaña.


Aunque las verdades más grandes hubieran quedado ocultas bajo mi pecho, y las palabras más sabias mis labios hubieran pronunciado. Aun si mi boca hubiera blasfemado un número mayor de veces contra el cielo, nada hubiera cambiado. La muerte llega, el infierno con ella, o quizá el descanso, quién sabe. El cielo no existe.

Mi vida transcurrió entre dolores y angustias casi indescifrables para aquellos que han tenido la suerte de probar aunque fuere una vez sobre sus labios al amor. La suerte no corre para los que hemos crecido con el corazón bajo cero, y el pecho abierto, esperando que el sol regale uno de sus rayos sobre nuestras almas. Las esperanzas terminan por morir, tarde o temprano, lo peor es que cuando ellas mueren nada queda. Es cierto, la esperanza es lo último que se pierde, pero una vez que la esperanza se pierde.... la vida misma, se vuelve un banquete para los demonios, para mis demonios.

No intento justificar mis actos, para hacer lo que hice no hay justificación, sin embargo, para la vida que lleve tampoco la hay. Por las tardes, durante muchos meses, me dedique a observar las costumbres de los menos. Se movían sonrientes, de la mano, batían sus risas contra el sol, sus voces como cánticos se elevaban, como cánticos de alabanza a ese creador que me había olvidado. Durante toda mi vida sentí celos de ellos, durante décadas intente aplacar lo que sentía, silenciarlo hasta que sólo fuera un leve murmullo junto a mis oídos, pero ya sin las barreras que me proporcionaba la esperanza pude finalmente ser yo mismo. El odio, los celos, la envidia fuéronme consumiendo poco a poco hasta transformarme en lo que hoy soy, el sirviente de la guadaña. Yo, a diferencia de otros, realmente no discriminé nunca. Libré del suplicio de la vida tanto a aquellos malditos que reían, como a los infelices que lloraban. Jamás discriminé. Maté a diestra y siniestra sin distinción de edad, de sexo, de posición social. Sólo maté, descuarticé, y cuando lo deseaba violé a destajo para luego asesinar con un ímpetu aún mayor al no encontrar lo que necesitaba en esos cuerpos vivos, pero fríos por el espanto.

Fui el dominio, el dominante. La balanza estaba en mis manos, pesaba los corazones. Observaba hacia todas las direcciones y elegía a quién libraría y de que forma lo haría. Luego los seguía por semanas, meses incluso, en otras ocasiones sólo los asesinaba de un golpe directo al verlos por vez primera, me daba igual, la vida y la muerte estaban en mí, de una vez por todas, finalmente, me sentí importante.

Recuerdo hoy las voces de los mutilados, mi forma de muerte predilecta. Cuando veía que aparentaban ser felices más gozaba asesinándolos, gozaba especialmente al asesinar a los que manifestaban creer en algo, los abofeteaba y laceraba hasta que renegaban acerca de todo y me suplicaban de rodillas si ya no había amputado de cuajo sus piernas. Los odiaba. En la vida parecían tener seguridad, más seguridad que yo, pero ahora ante las puertas de la muerte, eran tan desdichados como lo fui durante tanto tiempo, solo al abrigo de mis vagas esperanzas.

Pero bueno, dicen que nada es para siempre y aunque durante mucho no lo creí, finalmente lo acepte. Una mañana mientras abría mi nevera para deleitarme con una cabeza fresca que guarde como souvenir de mi noche anterior oí la voz, me llamaba, me apuntaba, me decía: "Es tu turno, es tu turno, ven conmigo". Salí a la calle ignorándola, oí música estridente, elegí mis víctimas obsequiándoles unos dulces, amigablemente, con una sonrisa entre mis labios. Ilusos pensé, mientras observaba como los comían con sus rollizas manos ¿acaso sus madres nunca les enseñaron a no aceptar cosas de extraños? No obstante mi jornada de deleite y trabajo, la voz seguía allí, retumbando sobre mi ser, machacando mi mente y mis sentidos, suplicándome que fuera el próximo. Aquella noche no pude dormir.

Finalmente comprendí. Aquel que habíame dado aquel poder no era Dios que siempre me había ignorado, sino, más bien, Satanás, que siempre contempló con ojos de amor mi vida. Ahora él, el mismo que me había favorecido, respondía sonriente a la suplica de otro como yo, diciéndome tiernamente que mi turno concluía, que el juego acababa, que nuestras almas serían una por la eternidad. Mi alma era ahora su alma. Mi alma, ahora, suya era.

Aquella voz que resonaba en mi no era más que la mezcla de su orden, en comunión con el ruego de otro desdichado, otro desdichado que debía tomar mi lugar, otro infeliz que había vendido su alma y que tomaría finalmente mi puesto. Ahora era su turno de probar el néctar del poder en sus labios, el candor de la muerte en su corazón, el placer máximo de observar con sus propios ojos y palpar con sus propias manos el momento en que el alma se fuga de la carne. Él sería el nuevo favorecido. Seleccionado al igual que yo por sus dolores, por su falta de respuestas por parte del Altísimo, y al igual que yo, cuando en la cúspide se encontrará y comenzará a gustar realmente de su oficio, otro vendría a arrebatar su lugar tal cual yo lo hice con aquel que me precedía. No obstante, aún no muero, y por ende, aún soy el emisario, el siervo, la guadaña, y como tal, paradójicamente, el emisario mismo debe asesinar al emisario. Debo suicidarme, porque la vida y la muerte están en mis manos, en las de nadie... en las de nadie más.

Un silencio aterrador cubrió todo mi hogar. Vi como mis sombras interiores huían de mi cuerpo para residir en otro tal cual las ratas que abandonan el barco que se hunde. Como última acción pronuncié mis últimos pensamientos, expresé el único rencor que mi alma guardaba:

¿Por qué jamás me oíste?

¡¿Por qué apartaste tus ojos de mí permitiendo que vendiera mi alma?!

¡¡¿Por qué permitiste que me convirtiera en esto?!!

¡¡¿¿Por qué...??!!

¡¡¡Me aborrezco!!!

lunes, 12 de julio de 2010

Como el Humo.


Un insecto susurrante sobrevoló cercano a la luz de la sala, revoloteó dos veces y se acercó hacia la ventana. La ventana se encontraba abierta. El insecto se alejó perdiéndose entre la nada. Carla tendida y absorta sobre el sillón de la sala observó la escena, suspiro relajada y encendió un cigarro. Aspiró una pregunta, exhaló una bocanada de blanco humo como respuesta, una clara reflexión, un nítido recuerdo. Como cada tarde luego de una extenuante jornada de trabajo, se encontraba fumando en la sala, dibujando formas con el humo, generando poemas aéreos con el tabaco, trazando líneas en el aire, charlando apacible en compañía de su único vicio. Carla fumaba con su ventana abierta. En verano los mosquitos entraban y salían sin tregua alguna, trayendo sobre sus diminutos cuerpos fracciones de historias, olores familiares, palabras de gente distante y desconocida. En invierno era la lluvia la que cumplía estas funciones, gotas cristalinas se transformaban en mensajeras de lo lejano. Carla siempre fumaba con su ventana abierta.

Carla llevaba cerca de cinco años siguiendo esta rutina al pie de la letra, muchos hubieran dicho que su vida era realmente tediosa, una existencia carente de sentido. Para ella esta vida era agradable, sencilla, pacífica, perfecta. Mientras su cigarro se consumía, sus penas se consumían con él. El primer cigarro de la noche convertía sus penas en cenizas, el segundo la ponía en estado de alerta, de allí en adelante todo era oír y sentir. El humo que expulsaba de su boca se volvía una parte nueva de su cuerpo, una extensión de sus fauces, una nube difusa que no se encontraba atada a espacios concretos, podía viajar hasta lugares normalmente inalcanzables para su mano, demasiado distantes para sus pies, podía oler el aroma que transportaban los mosquitos sobre sus lomos, ingresar en lugares prohibidos, ver esta noche bajo la luz de la luna a trescientos cuarenta kilómetros de distancia, saborear un mango en el trópico la semana entrante. Este nuevo miembro era el único realmente libre y perfecto, no se encontraba sujeto a un trabajo incesante como el corazón o cerebro, ni a una vida de ocio como su mandíbula superior o las uñas de sus dedos, podía ser tan activo o perezoso como quisiera, era libre, totalmente libre. Carla pensó profundamente en esto y como cada noche una, tan sólo una lágrima corrió por su mejilla.

Aquella noche entre sus labios Carla casi dejo escapar un secreto, su gran secreto. Nunca le había agradado fumar. Ella tan sólo añoraba observar el humo y sus movimientos, tan sólo lo hacía para observar al humo libre revolotear por la sala. Ella siempre había deseado ser libre, libre del trabajo que odiaba, libre para dejarlo todo y viajar, libre de un cuerpo que se marchita, libre de la gente, libre del mundo... Libre como el humo de sus cigarrillos, cada tarde, cada noche durante los últimos cinco años.


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