
Un insecto susurrante sobrevoló cercano a la luz de la sala, revoloteó dos veces y se acercó hacia la ventana. La ventana se encontraba abierta. El insecto se alejó perdiéndose entre la nada. Carla tendida y absorta sobre el sillón de la sala observó la escena, suspiro relajada y encendió un cigarro. Aspiró una pregunta, exhaló una bocanada de blanco humo como respuesta, una clara reflexión, un nítido recuerdo. Como cada tarde luego de una extenuante jornada de trabajo, se encontraba fumando en la sala, dibujando formas con el humo, generando poemas aéreos con el tabaco, trazando líneas en el aire, charlando apacible en compañía de su único vicio. Carla fumaba con su ventana abierta. En verano los mosquitos entraban y salían sin tregua alguna, trayendo sobre sus diminutos cuerpos fracciones de historias, olores familiares, palabras de gente distante y desconocida. En invierno era la lluvia la que cumplía estas funciones, gotas cristalinas se transformaban en mensajeras de lo lejano. Carla siempre fumaba con su ventana abierta.
Carla llevaba cerca de cinco años siguiendo esta rutina al pie de la letra, muchos hubieran dicho que su vida era realmente tediosa, una existencia carente de sentido. Para ella esta vida era agradable, sencilla, pacífica, perfecta. Mientras su cigarro se consumía, sus penas se consumían con él. El primer cigarro de la noche convertía sus penas en cenizas, el segundo la ponía en estado de alerta, de allí en adelante todo era oír y sentir. El humo que expulsaba de su boca se volvía una parte nueva de su cuerpo, una extensión de sus fauces, una nube difusa que no se encontraba atada a espacios concretos, podía viajar hasta lugares normalmente inalcanzables para su mano, demasiado distantes para sus pies, podía oler el aroma que transportaban los mosquitos sobre sus lomos, ingresar en lugares prohibidos, ver esta noche bajo la luz de la luna a trescientos cuarenta kilómetros de distancia, saborear un mango en el trópico la semana entrante. Este nuevo miembro era el único realmente libre y perfecto, no se encontraba sujeto a un trabajo incesante como el corazón o cerebro, ni a una vida de ocio como su mandíbula superior o las uñas de sus dedos, podía ser tan activo o perezoso como quisiera, era libre, totalmente libre. Carla pensó profundamente en esto y como cada noche una, tan sólo una lágrima corrió por su mejilla.
Aquella noche entre sus labios Carla casi dejo escapar un secreto, su gran secreto. Nunca le había agradado fumar. Ella tan sólo añoraba observar el humo y sus movimientos, tan sólo lo hacía para observar al humo libre revolotear por la sala. Ella siempre había deseado ser libre, libre del trabajo que odiaba, libre para dejarlo todo y viajar, libre de un cuerpo que se marchita, libre de la gente, libre del mundo... Libre como el humo de sus cigarrillos, cada tarde, cada noche durante los últimos cinco años.
Carla llevaba cerca de cinco años siguiendo esta rutina al pie de la letra, muchos hubieran dicho que su vida era realmente tediosa, una existencia carente de sentido. Para ella esta vida era agradable, sencilla, pacífica, perfecta. Mientras su cigarro se consumía, sus penas se consumían con él. El primer cigarro de la noche convertía sus penas en cenizas, el segundo la ponía en estado de alerta, de allí en adelante todo era oír y sentir. El humo que expulsaba de su boca se volvía una parte nueva de su cuerpo, una extensión de sus fauces, una nube difusa que no se encontraba atada a espacios concretos, podía viajar hasta lugares normalmente inalcanzables para su mano, demasiado distantes para sus pies, podía oler el aroma que transportaban los mosquitos sobre sus lomos, ingresar en lugares prohibidos, ver esta noche bajo la luz de la luna a trescientos cuarenta kilómetros de distancia, saborear un mango en el trópico la semana entrante. Este nuevo miembro era el único realmente libre y perfecto, no se encontraba sujeto a un trabajo incesante como el corazón o cerebro, ni a una vida de ocio como su mandíbula superior o las uñas de sus dedos, podía ser tan activo o perezoso como quisiera, era libre, totalmente libre. Carla pensó profundamente en esto y como cada noche una, tan sólo una lágrima corrió por su mejilla.
Aquella noche entre sus labios Carla casi dejo escapar un secreto, su gran secreto. Nunca le había agradado fumar. Ella tan sólo añoraba observar el humo y sus movimientos, tan sólo lo hacía para observar al humo libre revolotear por la sala. Ella siempre había deseado ser libre, libre del trabajo que odiaba, libre para dejarlo todo y viajar, libre de un cuerpo que se marchita, libre de la gente, libre del mundo... Libre como el humo de sus cigarrillos, cada tarde, cada noche durante los últimos cinco años.

Mi corazón se mustia en silencio, y no sé decir por qué. Son cosas pequeñitas que nunca pide, ni entiende, ni recuerda.

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