
Aunque las verdades más grandes hubieran quedado ocultas bajo mi pecho, y las palabras más sabias mis labios hubieran pronunciado. Aun si mi boca hubiera blasfemado un número mayor de veces contra el cielo, nada hubiera cambiado. La muerte llega, el infierno con ella, o quizá el descanso, quién sabe. El cielo no existe.
Mi vida transcurrió entre dolores y angustias casi indescifrables para aquellos que han tenido la suerte de probar aunque fuere una vez sobre sus labios al amor. La suerte no corre para los que hemos crecido con el corazón bajo cero, y el pecho abierto, esperando que el sol regale uno de sus rayos sobre nuestras almas. Las esperanzas terminan por morir, tarde o temprano, lo peor es que cuando ellas mueren nada queda. Es cierto, la esperanza es lo último que se pierde, pero una vez que la esperanza se pierde.... la vida misma, se vuelve un banquete para los demonios, para mis demonios.
No intento justificar mis actos, para hacer lo que hice no hay justificación, sin embargo, para la vida que lleve tampoco la hay. Por las tardes, durante muchos meses, me dedique a observar las costumbres de los menos. Se movían sonrientes, de la mano, batían sus risas contra el sol, sus voces como cánticos se elevaban, como cánticos de alabanza a ese creador que me había olvidado. Durante toda mi vida sentí celos de ellos, durante décadas intente aplacar lo que sentía, silenciarlo hasta que sólo fuera un leve murmullo junto a mis oídos, pero ya sin las barreras que me proporcionaba la esperanza pude finalmente ser yo mismo. El odio, los celos, la envidia fuéronme consumiendo poco a poco hasta transformarme en lo que hoy soy, el sirviente de la guadaña. Yo, a diferencia de otros, realmente no discriminé nunca. Libré del suplicio de la vida tanto a aquellos malditos que reían, como a los infelices que lloraban. Jamás discriminé. Maté a diestra y siniestra sin distinción de edad, de sexo, de posición social. Sólo maté, descuarticé, y cuando lo deseaba violé a destajo para luego asesinar con un ímpetu aún mayor al no encontrar lo que necesitaba en esos cuerpos vivos, pero fríos por el espanto.
Fui el dominio, el dominante. La balanza estaba en mis manos, pesaba los corazones. Observaba hacia todas las direcciones y elegía a quién libraría y de que forma lo haría. Luego los seguía por semanas, meses incluso, en otras ocasiones sólo los asesinaba de un golpe directo al verlos por vez primera, me daba igual, la vida y la muerte estaban en mí, de una vez por todas, finalmente, me sentí importante.
Recuerdo hoy las voces de los mutilados, mi forma de muerte predilecta. Cuando veía que aparentaban ser felices más gozaba asesinándolos, gozaba especialmente al asesinar a los que manifestaban creer en algo, los abofeteaba y laceraba hasta que renegaban acerca de todo y me suplicaban de rodillas si ya no había amputado de cuajo sus piernas. Los odiaba. En la vida parecían tener seguridad, más seguridad que yo, pero ahora ante las puertas de la muerte, eran tan desdichados como lo fui durante tanto tiempo, solo al abrigo de mis vagas esperanzas.
Pero bueno, dicen que nada es para siempre y aunque durante mucho no lo creí, finalmente lo acepte. Una mañana mientras abría mi nevera para deleitarme con una cabeza fresca que guarde como souvenir de mi noche anterior oí la voz, me llamaba, me apuntaba, me decía: "Es tu turno, es tu turno, ven conmigo". Salí a la calle ignorándola, oí música estridente, elegí mis víctimas obsequiándoles unos dulces, amigablemente, con una sonrisa entre mis labios. Ilusos pensé, mientras observaba como los comían con sus rollizas manos ¿acaso sus madres nunca les enseñaron a no aceptar cosas de extraños? No obstante mi jornada de deleite y trabajo, la voz seguía allí, retumbando sobre mi ser, machacando mi mente y mis sentidos, suplicándome que fuera el próximo. Aquella noche no pude dormir.
Finalmente comprendí. Aquel que habíame dado aquel poder no era Dios que siempre me había ignorado, sino, más bien, Satanás, que siempre contempló con ojos de amor mi vida. Ahora él, el mismo que me había favorecido, respondía sonriente a la suplica de otro como yo, diciéndome tiernamente que mi turno concluía, que el juego acababa, que nuestras almas serían una por la eternidad. Mi alma era ahora su alma. Mi alma, ahora, suya era.
Aquella voz que resonaba en mi no era más que la mezcla de su orden, en comunión con el ruego de otro desdichado, otro desdichado que debía tomar mi lugar, otro infeliz que había vendido su alma y que tomaría finalmente mi puesto. Ahora era su turno de probar el néctar del poder en sus labios, el candor de la muerte en su corazón, el placer máximo de observar con sus propios ojos y palpar con sus propias manos el momento en que el alma se fuga de la carne. Él sería el nuevo favorecido. Seleccionado al igual que yo por sus dolores, por su falta de respuestas por parte del Altísimo, y al igual que yo, cuando en la cúspide se encontrará y comenzará a gustar realmente de su oficio, otro vendría a arrebatar su lugar tal cual yo lo hice con aquel que me precedía. No obstante, aún no muero, y por ende, aún soy el emisario, el siervo, la guadaña, y como tal, paradójicamente, el emisario mismo debe asesinar al emisario. Debo suicidarme, porque la vida y la muerte están en mis manos, en las de nadie... en las de nadie más.
Un silencio aterrador cubrió todo mi hogar. Vi como mis sombras interiores huían de mi cuerpo para residir en otro tal cual las ratas que abandonan el barco que se hunde. Como última acción pronuncié mis últimos pensamientos, expresé el único rencor que mi alma guardaba:
¿Por qué jamás me oíste?
¡¿Por qué apartaste tus ojos de mí permitiendo que vendiera mi alma?!
¡¡¿Por qué permitiste que me convirtiera en esto?!!
¡¡¿¿Por qué...??!!
¡¡¡Me aborrezco!!!
Mi vida transcurrió entre dolores y angustias casi indescifrables para aquellos que han tenido la suerte de probar aunque fuere una vez sobre sus labios al amor. La suerte no corre para los que hemos crecido con el corazón bajo cero, y el pecho abierto, esperando que el sol regale uno de sus rayos sobre nuestras almas. Las esperanzas terminan por morir, tarde o temprano, lo peor es que cuando ellas mueren nada queda. Es cierto, la esperanza es lo último que se pierde, pero una vez que la esperanza se pierde.... la vida misma, se vuelve un banquete para los demonios, para mis demonios.
No intento justificar mis actos, para hacer lo que hice no hay justificación, sin embargo, para la vida que lleve tampoco la hay. Por las tardes, durante muchos meses, me dedique a observar las costumbres de los menos. Se movían sonrientes, de la mano, batían sus risas contra el sol, sus voces como cánticos se elevaban, como cánticos de alabanza a ese creador que me había olvidado. Durante toda mi vida sentí celos de ellos, durante décadas intente aplacar lo que sentía, silenciarlo hasta que sólo fuera un leve murmullo junto a mis oídos, pero ya sin las barreras que me proporcionaba la esperanza pude finalmente ser yo mismo. El odio, los celos, la envidia fuéronme consumiendo poco a poco hasta transformarme en lo que hoy soy, el sirviente de la guadaña. Yo, a diferencia de otros, realmente no discriminé nunca. Libré del suplicio de la vida tanto a aquellos malditos que reían, como a los infelices que lloraban. Jamás discriminé. Maté a diestra y siniestra sin distinción de edad, de sexo, de posición social. Sólo maté, descuarticé, y cuando lo deseaba violé a destajo para luego asesinar con un ímpetu aún mayor al no encontrar lo que necesitaba en esos cuerpos vivos, pero fríos por el espanto.
Fui el dominio, el dominante. La balanza estaba en mis manos, pesaba los corazones. Observaba hacia todas las direcciones y elegía a quién libraría y de que forma lo haría. Luego los seguía por semanas, meses incluso, en otras ocasiones sólo los asesinaba de un golpe directo al verlos por vez primera, me daba igual, la vida y la muerte estaban en mí, de una vez por todas, finalmente, me sentí importante.
Recuerdo hoy las voces de los mutilados, mi forma de muerte predilecta. Cuando veía que aparentaban ser felices más gozaba asesinándolos, gozaba especialmente al asesinar a los que manifestaban creer en algo, los abofeteaba y laceraba hasta que renegaban acerca de todo y me suplicaban de rodillas si ya no había amputado de cuajo sus piernas. Los odiaba. En la vida parecían tener seguridad, más seguridad que yo, pero ahora ante las puertas de la muerte, eran tan desdichados como lo fui durante tanto tiempo, solo al abrigo de mis vagas esperanzas.
Pero bueno, dicen que nada es para siempre y aunque durante mucho no lo creí, finalmente lo acepte. Una mañana mientras abría mi nevera para deleitarme con una cabeza fresca que guarde como souvenir de mi noche anterior oí la voz, me llamaba, me apuntaba, me decía: "Es tu turno, es tu turno, ven conmigo". Salí a la calle ignorándola, oí música estridente, elegí mis víctimas obsequiándoles unos dulces, amigablemente, con una sonrisa entre mis labios. Ilusos pensé, mientras observaba como los comían con sus rollizas manos ¿acaso sus madres nunca les enseñaron a no aceptar cosas de extraños? No obstante mi jornada de deleite y trabajo, la voz seguía allí, retumbando sobre mi ser, machacando mi mente y mis sentidos, suplicándome que fuera el próximo. Aquella noche no pude dormir.
Finalmente comprendí. Aquel que habíame dado aquel poder no era Dios que siempre me había ignorado, sino, más bien, Satanás, que siempre contempló con ojos de amor mi vida. Ahora él, el mismo que me había favorecido, respondía sonriente a la suplica de otro como yo, diciéndome tiernamente que mi turno concluía, que el juego acababa, que nuestras almas serían una por la eternidad. Mi alma era ahora su alma. Mi alma, ahora, suya era.
Aquella voz que resonaba en mi no era más que la mezcla de su orden, en comunión con el ruego de otro desdichado, otro desdichado que debía tomar mi lugar, otro infeliz que había vendido su alma y que tomaría finalmente mi puesto. Ahora era su turno de probar el néctar del poder en sus labios, el candor de la muerte en su corazón, el placer máximo de observar con sus propios ojos y palpar con sus propias manos el momento en que el alma se fuga de la carne. Él sería el nuevo favorecido. Seleccionado al igual que yo por sus dolores, por su falta de respuestas por parte del Altísimo, y al igual que yo, cuando en la cúspide se encontrará y comenzará a gustar realmente de su oficio, otro vendría a arrebatar su lugar tal cual yo lo hice con aquel que me precedía. No obstante, aún no muero, y por ende, aún soy el emisario, el siervo, la guadaña, y como tal, paradójicamente, el emisario mismo debe asesinar al emisario. Debo suicidarme, porque la vida y la muerte están en mis manos, en las de nadie... en las de nadie más.
Un silencio aterrador cubrió todo mi hogar. Vi como mis sombras interiores huían de mi cuerpo para residir en otro tal cual las ratas que abandonan el barco que se hunde. Como última acción pronuncié mis últimos pensamientos, expresé el único rencor que mi alma guardaba:
¿Por qué jamás me oíste?
¡¿Por qué apartaste tus ojos de mí permitiendo que vendiera mi alma?!
¡¡¿Por qué permitiste que me convirtiera en esto?!!
¡¡¿¿Por qué...??!!
¡¡¡Me aborrezco!!!

Mi corazón se mustia en silencio, y no sé decir por qué. Son cosas pequeñitas que nunca pide, ni entiende, ni recuerda.

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