
-Elisabeth -preguntaba de pronto-, ¿por qué estás triste?
-Pero, Sirio, no estoy triste -respondía Elisabeth, riendo-. Al contrario, estoy contenta. El pan se ha horneado bien.
-Estás triste, adentro -insistía Sirio-. Lo oigo perfectamente. Estás contenta sólo en la superficie.
Olaf Stapledon. Sirio.

Mi corazón se mustia en silencio, y no sé decir por qué. Son cosas pequeñitas que nunca pide, ni entiende, ni recuerda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario