
Noches estivales, reposo en las aguas y paz infinita en los bosques. No resuena ningún grito en el espacio, ni rumor de pisadas en los senderos; siento henchírseme el corazón como inundado de zumo espeso de viña negra.
Por mi ventana se adentran revoloteando bandadas raudas de polillas, atraídas por la flama que relampaguea en el hogar y por el olorcillo cautivador que exhala mi pájaro asado. La bandada intrusa rebota sordamente contra el techo, zumba al rozar mis oídos, produciéndome una ligera sensación de escalofrío y se posan las polillas sobre mi cuerno de pólvora que pende de la pared. Comtemplo la banda de polillas, arañuelas y tejedoras, que se agitan temblorosas en su refugio, y descubro que muchas de entre ellas semejan pensamientos volanderos.
Salgo al exterior de mi cabaña con el oído avizor. Nada, ningún rumor turba el silencio, todo duerme. En el aire vibra el zumbido monótono de miriadas de insectos cuya revoloteadora nube reverbera sobra la ingente superficie. La linde del bosque está bordeada por acónitos y helecho. El brezo aparece florido y yo amo sus florecillas. Gracias sean dadas al Creador por cada brote que he descubierto en el brezo, como su fueran minúsculas rosas que ornan mi sendero, provocando en mis ojos lágrimas de amor. En la cercanía viven claveles salvajes, que no veo, pero percibo su aroma en mi olfato.
Knut Hamsun. Pan.

Mi corazón se mustia en silencio, y no sé decir por qué. Son cosas pequeñitas que nunca pide, ni entiende, ni recuerda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario