sábado, 9 de octubre de 2010

Ojos tristes.


Era otoño, no cabía duda. Las hojas, con sus tonos grises y rojizos, parecían atraer con más fuerza hacia mi corazón toda la tristeza, toda la nostalgia del ambiente. Luego el viento, en su suave ulular, las llevaría bailando hasta donde no las vería.

En mi corazón, algo alborotado tal cual siempre, empezaba a florecer una pequeña semilla, un tallo diminuto entre la árida roca, entre la gredosa tierra. Corría tanto tiempo desde la última vez que algo había logrado florecer allí que ya casi olvidaba como se sentía. Un suave calor, una leve sensación que aprieta contra el pecho, un desahogo, un suspiro. Allí, siempre allí, creciendo lentamente.

Miré al cielo. Nada había sobre las nubes que pudiera explicar el porque de sentirme así, nada parecía darme la razón. No lograba entender como era que aquel árido campo podía aún dar algún tipo de fruto, no comprendía como algo podía empezar a crecer una vez más en medio de una terreno tan poco fértil. No lo sabía.

¿Será la estación acaso? no lo sé, no lo creo, logré responderme. Fue entonces cuando recordé:

"Los ojos miran sin ser enseñados, y el que fue herido por ellos en el corazón, sabe lo bien que lo hacen".*

Sí, sin duda, era eso. Sus ojos, algo en sus ojos. Pensé. Me respondí. Tristeza, una tristeza enorme, una gigantesca tristeza. Su tristeza es lo que me atrae. Hay algo en ella, su tristeza tiene perfume, un perfume especial.

Sonreí. Imaginé por un momento si sería posible que a alguien más le atrajera algo así en una persona, sonreí una vez más, seguramente no, me respondí. Sabía después de todo que aquella sería la respuesta. Era demasiado extraño, una de aquellas típicas cosas que tan sólo unos cuantos observamos en la vida.

Su lánguido pelo, sus ojos casi marchitos, sin embargo, de tanto en tanto, aquella sonrisa allí, sobre sus labios, donde debía estar. Era ello. No era más. Desconozco los caminos, ciego soy a los sentidos, sordo soy a los designios. Ante ti, mudo de amor.

Las hojas fueron y volaron junto a mi, extendí mi mano, casi las palpé.


*Chitra. Rabindranath Tagore.
04 de mayo del 2010.

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