martes, 15 de febrero de 2011

Delirio.


Entre los sollozos apremiantes de la noche y la angustia que precede a la calma, entre satines y sedas, entre colchas y pesadillas la noche me abrigaba en sus brazos traicioneros. Llevaba ya tres jornadas hirviendo en medio de misteriosa fiebre, viajando en barcos proporcionados por el delirio, impulsados por el soplo de mis miedos más profundos. Tres jornadas de ensueño para los duendes que se alimentaban de mis gritos espeluznantes y lágrimas. Era sólo hace un cuarto de hora que mis ojos se habían abierto, y ante mi desfilaban horrorosos recuerdos de las imágenes que regalárame la calentura.

Cerré mis ojos con fuerza y las escenas comenzaron a hacerse nítidas, casi tangibles. Levanté el telón de mis parpados. Abrí mis ojos y los froté intentando distorsionar los sueños, pero ellos siempre permanecían allí, siempre en movimiento, siempre en acción, como una vieja película que gira y gira de forma imparable sobre un proyector, como un hierro caliente que reposa en la piel de mi memoria.

Yo, al igual que la película giré y giré sobre mi lecho, esperanzado en que quizá desde un ángulo distinto las visiones no fueran percibidas, esperanzado en que con los giros terminaría mareado, y lograría vomitar desde mis entrañas a aquellos personajes de los que me estaba volviendo esclavo. Esperanzado en expulsar a los dueños de mi terror, esperanzado en exiliar a la fuente de mi locura. Pronto fue que un líquido amargo llenó mi boca brotando entre la comisura de mis labios. Al abrir mis fauces un enorme río se vio liberado llenando por completo mi lecho. Cuán grande fue mi desilusión al ver que aún sobre mis caudales digestivos los sueños se reflejaban. Caí inconsciente, respirando sobre mi propio vómito.

Cuando desperté el aire de la habitación estaba enviciado, mi rostro cubierto de vomito y mis ropas sucias. Desde mi ventana pude observar a la luna en lo alto, mirándome a los ojos, susurrándome compasiva una respuesta. Fue allí cuando lo noté. Finalmente sabía lo que debía hacer y lo hice. La única forma de exiliarlas era recitarlas, liberarlas, expulsarlas a través de la palabra misma. Enjugue mis labios lentamente, abrí mi boca y comencé a relatar lo que afiebraba mis ojos y mi cuerpo, lo que estaba derritiendo a mi alma.

No sé cuanto tardé, no sé cuanto tiempo de vida me robaron. Un segundo, un instante, una madeja de minutos enrollada entre las manos del tiempo, mil historias que contar y entre ellas unas pocas prisioneras aún en mi interior, el resto a fuego grabadas sobre mis ojos, pero libres revoloteando sobre la nada, atormentando ahora a algún otro. Una lucha por la cual dar la vida o perderla en el intento. Un último esfuerzo por volver a ser libre.

Pronuncié con vehemencia en la soledad de mi cuarto cada una de las historias, y estás fueron cobrando vida con dolores de parto, naciendo desde mis entrañas, una a una...

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