
El sudor recorría su cuerpo, empapando tanto sus ropas como la cama. El cuarto olía a desesperanza, la angustia jugueteaba en derredor, por sobre los muebles. Lejos, donde el nombre del trueno es aún desconocido, un viejo exhalaba su último suspiro, dejando a su cuerpo inerte, una estatua de barro sin reacción ni movimiento. Aquí la suerte era otra, aunque el hubiera cambiado todo lo que poseía, inclusive su alma, por haber ignorado algunas cosas de la vida. Llevaba postrado seis años codiciando la muerte, suplicando cada noche por su llegada, pero el sabía que la muerte no existía, el sabía que la muerte no existía...
La muerte como tal no existe, es lo peor que he llegado a conocer, es lo que se le oía decir de continuo a quien se acercara a su lecho. Luego proseguía relatando como en una especie de sopor:
"Fue una noche de abril cuando lo oí por primera vez, siendo niño, no uno normal, sino uno de aquellos que descubre demasiado pronto que estará solo el resto de su vida, y desde aquel instante no hace más que envejecer con una sonrisa sobre sus labios. Uno de aquellos que se arropa rodeándose de gente, sin embargo, sabiendo en su interior que nada de eso es verdadero, que su lugar es la soledad, el autoexilio, el encierro.
Algo se movía entre las tinieblas, allí fuera algo respiraba pesadamente, sollozando por momentos. En el ambiente mismo había algo que perturbaba a las brujas nocturnas y sus vuelos, una energía que parecía aterrar al miedo mismo y calcinar la felicidad sobre un crisol maloliente. Era un fuego interno, una llama que silbaba maldiciones incesantes, juramentos olvidados de la época oscura. Era una sombra encorvada por sus miedos, un errante que entre pesadillas huía aun de la voz del trueno y del canto de la lluvia. Una figura espeluznante, que a medianoche deambulaba en busca de corazones que no se hallarán protegidos por el amor, un espectro en busca de robustas almas alimentadas por tardes de soledad y noches de llanto. En aquel entonces, si había aún algo de inocencia en mí, murió allí."
Era entonces, que callaba y empezaba a recitar lo que según su persona decía el viento entre líneas.
-Sopor ficticio, de penumbras escasas, lluvia de abril, tarde de fatiga. La sangre corría. El corazón latente, extenuado. Nada. Alegría pasajera, ausente de fantasías que a su rostro demacrado den. Ven, súmate a nosotros, lo harás tarde o temprano. Quiero dormir. Queremos descansar, jamás lo haremos. Debemos segar. Demasiado hemos observado ya...
Finalmente concluía, para luego no hablar más.
-Sé que no moriré. Que me uniré a ellos, a las voces, al viento, eternamente. Y no solo yo, todos ustedes, inconscientes obreros en los designios de "la Muerte".
El viejo estaba ya gravemente enfermo. No sobrevivió mucho tiempo más luego de mi última visita en mayo. Hoy, tanto tiempo después, solo recuerdo que en su ataúd parecía fatigado.
La muerte como tal no existe, es lo peor que he llegado a conocer, es lo que se le oía decir de continuo a quien se acercara a su lecho. Luego proseguía relatando como en una especie de sopor:
"Fue una noche de abril cuando lo oí por primera vez, siendo niño, no uno normal, sino uno de aquellos que descubre demasiado pronto que estará solo el resto de su vida, y desde aquel instante no hace más que envejecer con una sonrisa sobre sus labios. Uno de aquellos que se arropa rodeándose de gente, sin embargo, sabiendo en su interior que nada de eso es verdadero, que su lugar es la soledad, el autoexilio, el encierro.
Algo se movía entre las tinieblas, allí fuera algo respiraba pesadamente, sollozando por momentos. En el ambiente mismo había algo que perturbaba a las brujas nocturnas y sus vuelos, una energía que parecía aterrar al miedo mismo y calcinar la felicidad sobre un crisol maloliente. Era un fuego interno, una llama que silbaba maldiciones incesantes, juramentos olvidados de la época oscura. Era una sombra encorvada por sus miedos, un errante que entre pesadillas huía aun de la voz del trueno y del canto de la lluvia. Una figura espeluznante, que a medianoche deambulaba en busca de corazones que no se hallarán protegidos por el amor, un espectro en busca de robustas almas alimentadas por tardes de soledad y noches de llanto. En aquel entonces, si había aún algo de inocencia en mí, murió allí."
Era entonces, que callaba y empezaba a recitar lo que según su persona decía el viento entre líneas.
-Sopor ficticio, de penumbras escasas, lluvia de abril, tarde de fatiga. La sangre corría. El corazón latente, extenuado. Nada. Alegría pasajera, ausente de fantasías que a su rostro demacrado den. Ven, súmate a nosotros, lo harás tarde o temprano. Quiero dormir. Queremos descansar, jamás lo haremos. Debemos segar. Demasiado hemos observado ya...
Finalmente concluía, para luego no hablar más.
-Sé que no moriré. Que me uniré a ellos, a las voces, al viento, eternamente. Y no solo yo, todos ustedes, inconscientes obreros en los designios de "la Muerte".
El viejo estaba ya gravemente enfermo. No sobrevivió mucho tiempo más luego de mi última visita en mayo. Hoy, tanto tiempo después, solo recuerdo que en su ataúd parecía fatigado.

Mi corazón se mustia en silencio, y no sé decir por qué. Son cosas pequeñitas que nunca pide, ni entiende, ni recuerda.

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