
Una blanca pluma cayó en su pelo, lentamente. Extendió sus dedos hasta su cabeza, tomó la pluma entre sus manos. Ambos pares de ojos se posaron sobre ella. Comenzó a juguetear con aquella pluma, a deleitarse con sus movimientos, a elevarla, a dejarla caer, a observar su lento devenir. Finalmente la dejo sobre la mesa.
-No la dejes ahí, la perderás.
-No te preocupes -respondió la voz.
Fue allí cuando su mente pareció verlo todo y logró comprenderlo. El amor, como la pluma es. Temía dejarla allí, tan libre, con la posibilidad que por cualquier pequeño descuido terminara marchándose, volando lejos. Ese temor, precisamente, era porque cariño había sentido hacia ella. Por un momento pensó en apresarla entre hojas, en guardarla entre cuadernos, sin embargo, rápidamente se negó. Había notado algo especial. Al arrebatarle aquella libertad robaba su esencia, destruía lo que en sí la hacía bella. Su libertad. Tal cual el amor. El verdadero amor es aquel que no aprisiona. Que aún al perder sigue amando, que aún al ser rechazado o ignorado incondicional se mantiene. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Pero ante todo, amor es aquella confianza y aquella fuerza interior de amar tanto como para dejar libertad de movimiento y no apresar a aquel que se ama. Sino, más bien, amarlo tanto, que sobre todo se desea su bienestar, su libertad, su alegría. Es aquel el amor más puro y sincero de todos.
-Tienes razón -respondió con una sonrisa-. No hay de que preocuparse.
-Sí. ¿Pero a qué se debe tu cambio de opinión?
-Ya lo entenderás.
-No la dejes ahí, la perderás.
-No te preocupes -respondió la voz.
Fue allí cuando su mente pareció verlo todo y logró comprenderlo. El amor, como la pluma es. Temía dejarla allí, tan libre, con la posibilidad que por cualquier pequeño descuido terminara marchándose, volando lejos. Ese temor, precisamente, era porque cariño había sentido hacia ella. Por un momento pensó en apresarla entre hojas, en guardarla entre cuadernos, sin embargo, rápidamente se negó. Había notado algo especial. Al arrebatarle aquella libertad robaba su esencia, destruía lo que en sí la hacía bella. Su libertad. Tal cual el amor. El verdadero amor es aquel que no aprisiona. Que aún al perder sigue amando, que aún al ser rechazado o ignorado incondicional se mantiene. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Pero ante todo, amor es aquella confianza y aquella fuerza interior de amar tanto como para dejar libertad de movimiento y no apresar a aquel que se ama. Sino, más bien, amarlo tanto, que sobre todo se desea su bienestar, su libertad, su alegría. Es aquel el amor más puro y sincero de todos.
-Tienes razón -respondió con una sonrisa-. No hay de que preocuparse.
-Sí. ¿Pero a qué se debe tu cambio de opinión?
-Ya lo entenderás.

Mi corazón se mustia en silencio, y no sé decir por qué. Son cosas pequeñitas que nunca pide, ni entiende, ni recuerda.

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