jueves, 10 de febrero de 2011

El insecto.


Pareciera que el sol mismo brotara desde sus alas, que las frases más delicadas no dieran abasto, y que cada color entonara las melodías más dulces. Pequeño, delicado. Como la caída de un copo de nieve en pleno verano, insólito, frágil y bello.

El maravilloso insecto movíase entre las penumbras, oculto, siempre oculto. Temeroso a mostrarse tal cual con todos sus innumerables detalles tatuados sobre las alas, con sus magníficos colores y sus ligeros movimientos.

Siempre salía de noche, por precaución. Un día, hace ya mucho; decidió dar su primer y último paseo acogido por el sol. Una multitud de voces sobrecogidas por la emoción, un canto unánime de admiración y asombro. Un coro de enfermiza y dolorosa aprobación que encendió el fuego de la codicia en cada corazón. Fuego con brasas y cenizas de dolor y amargura.

La gente, la multitud rugió ante el impresionante despliegue del insecto que volaba alto, muy alto. Estiraban sus manos, alargaban firmemente sus sueños deseando alcanzar aquella belleza inexplicable. Luego, al entender que era imposible llegar hasta allí veíanse frustradas sus esperanzas.

El insecto sólo voló en silencio, y solo se alejó. Aquella extraña maravilla alada conoció el remordimiento, y por vez primera comprendió la carga tan pesada que llevaba sobre sí. Su belleza natural, aquello innato en sí parecía ilusionar y traer esperanza. Su resplandor cegaba. Su elevado vuelo producía amor, celos, envidia, codicia. Su destino al parecer no era el de moverse y mostrar su esplendor ante cualquiera.

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