viernes, 4 de febrero de 2011

Le temo al pasado.


-¿Amor, estás despierto?

Un susurro lejano llegó hasta los oídos del hombre, palabras arropadas en la calidez de aquella noche de verano.

-Mmm... ¿Qué deseas Estela?

-Deseo... deseo conversar -expectante, calló durante un momento para luego proseguir-. Tengo miedo.

Él no respondió, pero ella sabía que estaba despierto, atento a lo que diría.

-Tengo miedo a ¿cómo decirlo? Temo al pasado.

El hombre abrió los ojos saliendo de su fantasía. Se sentó en la cama, sin mirarla, pero atento. Abrió la palma de su mano como una flor se abre en primavera, y espero observando maravillado sus largos dedos.

-No le temo al futuro ya que siento que aún falta mucho por llegar a topármelo cara a cara, además, soy ingenua. Al presente, tampoco al presente. El presente no es más que un murmullo, es una voz que se extingue, uno tras otro movimiento banal, suceso tras suceso que será olvidado. El presente es la nada, es el reflejo mismo de lo frágil y estúpido de la vida. Sin embargo, el pasado...

Él aún observaba con detención sus manos. Sus párpados se cerraban en lentos movimientos. Se reclinó dejándose caer en el regazo de su mujer. Ella prosiguió.

-El pasado es todo. Es todo lo que tengo, todo lo que recuerdo, todo lo que soy. El pasado es cada movimiento que realicé, cada decisión que tomé, cada camino que deseché. Es lo que soy y lo que pude ser.
Suspiro profundamente, él, absorto y atento, entrelazó sus manos y oyó, sí, oyó como su corazón latía rápidamente. La mujer prosiguió.

- Y lo peor de todo amor es que he sido una estúpida. He llenado cada recoveco y cada cajón vacio con lo que sabía que no necesitaba.

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