-¡Dios mío! -murmuré, cubriéndome los ojos para no verlo-, ¿por qué lo has de hacer así?
Pero me avergoncé de mis palabras apenas las había pronunciado. Había nacido y me había criado en el campo, y sabía que no tenía derecho a enmendar la obra del Creador. Sabía que había de ser así, si el mundo tenía que continuar. Parecía que hasta las mismas abejas lo sabían y su zumbido era como un canto sin principio ni fin.
"No todos los capullos han de dar fruto", parecían decir.
Almas Borrascosas. Rachel Field.

Mi corazón se mustia en silencio, y no sé decir por qué. Son cosas pequeñitas que nunca pide, ni entiende, ni recuerda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario